Consejos

Para la juventud

Saber poner en práctica el amor
que a Dios y al hombre debes profesar:
a Dios como tu fin único amara,
y al hombre como a imagen de su autor;

proceder con lisura y con candor;
a todos complacer sin adular;
saber el propio genio dominar,
y seguir a los otros el humor;

con gusto el bien ajeno promover,
como propio, el ajeno mal sentir;
saber negar, saber condescender,

saber disimular, y no fingir;
todo esto con prudencia has de ejercer
para acertar la ciencia del vivir.

∗ ∗ ∗

Observo el santo consejo
del Espíritu divino
que en pluma de Salomón,
«Enseña, dice, a tu hijo».

A los divinos preceptos,
de que ya estás instruído,
te quiero añadir ahora
estos morales avisos.

Cual árbol que por el fruto
solamente es conocido,
es el padre, cuyo elogio
hace el buen porte de su hijo.

El dinero se va en breve,
la opinión dura por siglos,
y es mejor la buena fama
que los tesoros de Tiro.

Es ciega pasión la ira
que hace estragos infinitos:
su furor dura un instante,
su arrepentimiento un siglo.

A responder suavemente
al que airado está, te obligo;
con que te libras de un mal,
y haces un beneficio.

No sigas pronto el informe
ni de ojos, ni de oídos,
pues iris y ecos engañan
con voces y coloridos.

Para que evites la nota
de ignorante presumido,
jamás des consejo
a otro que al que viniere a pedirlo.

Si eres hermoso, tu obrar
sea a tu rostro parecido;
si feo, teniendo virtudes
serás de todos bien visto.

Cuanto oculta el corazón,
traslada al labio el sencillo;
sin mentir, calla el prudente
verdades que son delitos.

Lo que callares podrás
en otro tiempo decirlo;
que no hay remedio que pueda
hacer no dicho lo dicho.

Al que hablare mal de ti,
estima, pues te ha advertido,
si con verdad, tus defectos;
si sin ella, tu enemigo.

Favorece cuanto puedas
al que de ti se ha valido,
porque el hombre solamente
no nació para sí mismo.

No la ingratitud te impida
el repartir beneficios;
que el haber muchos ingratos
realza más al que los hizo.

Es interés del prudente
hacer bien al enemigo,
pues pocos hay tan ingratos
que hagan mal, favorecidos.

Es propio de ánimos grandes
deponer lo vengativo;
véncete a ti y perdonando
serás a Dios parecido.

Para dejar vanidades,
mira tu fin y principio:
fuiste nada antes de ser,
serás polvo, habiendo sido.

Para evitar los errores
del amor propio nacidos,
la máxima más discreta
es conocerse a sí mismo.

El pródigo es murmurado,
el mísero, aborrecido;
sé liberal, que es el medio
de ser con todos bien quisto.

Antes, bien pobre que avaro
quisiera verte, hijo mío;
al avaro falta todo;
sólo al pobre, lo preciso.

Económico en tu casa,
tasa el gasto a tu bolsillo
de tal suerte que te sobre
para gastos imprevistos.

El ser avaro de tiempo
solamente te permito,
pues no es el tiempo caudal
que vuelve una vez perdido.

Arrebata la ocasión
favorable, si está a tiro,
que, inconstante, nunca vuelve
a ocupar un mismo sitio.

Tus secretos no confíes,
si te importare encubrirlos:
¿cómo quieres que otro guarde
lo que no guardas tú mismo?

Guarda la fe que prometes
al amigo, o enemigo,
si del humano comercio
no quieres verte excluido.

Ofendes con la mentira,
preguntado por testigo,
a Dios, al prójimo, al juez;
y con la infamia, a ti mismo.

Huye de lascivos brazos
en que tantos han perdido
ciegamente a Dios, su honor,
caudal, salud y albedrío.

Juego, vicio y vanidades
hacen pobre al que fue rico;
con lo que se da por Dios
no hay quien haya empobrecido.

Sobre todo, te repruebo
la envidia, villano vicio,
que hace grande al envidiado,
y al envidioso, abatido.

Nunca te entregues al ocio,
de la virtud enemigo,
que es una vida de muertos
y sepultura de vivos.

En ningún caso dudoso
des por cierto lo propicio,
pues si sucede lo adverso,
te hallará desprevenido.

Todas las cosas humanas
prósperamente han cedido
al consejo, a la razón,
a la prudencia y buen juicio.

Si quieres tomar consejos
sin bochorno de pedirlos,
en los libros hallarás
consejeros fidedignos.

Serás constante en lo adverso,
en las dichas contenido;
pero en ninguna manera
serás en tus cosas nimio.

A todos afablemente
debes tratar, advertido
de que hablar con sequedad
es odioso distintivo.

Serás con tus superiores
humilde, atento, rendido;
con tu igual, cortés, urbano;
y con tu inferior, benigno.

Habla de todos muy bien;
calla los ajenos vicios,
si caridad o justicia
no te obligan a decirlos.

No sigas las opiniones
del vulgo, en cuyo juicio
se acusan los inocentes
y condenan, sin oírlos.

A todo cuanto se dice
aplica cuerdo el oído:
es infiel quien nada cree,
quien lo cree todo, muy niño.

Con tu superior, porfías
por el riesgo, te prohibo:
por necedad, con tu igual;
con tu inferior, por delirio.

Jamás prosigas por tema
el error una vez visto;
que es agregar a un pecado
malicias de repetido.

De un error se siguen muchos,
de un delito, otros delitos;
y es fácil precipitarse
de un abismo en otro abismo.

Usa estilo en lo que escribas
claro, natural, sencillo;
sin afectación, sublime,
sin obscuridad, conciso.

Todo el que ofrece se obliga
a cumplir lo prometido:
sé tan fiel que tus promesas
se cuenten como recibos.

Como el crisol en la fragua
califica el oro fino,
así las adversidades
son prueba de los amigos.

Honra siempre a tus mayores,
si quieres por premio fijo
ser feliz en la otra vida,
mucho tiempo en ésta, vivo.

Visitando algún enfermo,
que refieras te prohibo
cosas tristes, porque es dar
nueva pena al afligido.

Sé breve, atendiendo al tiempo,
sexo, accidente, y peligro,
y consuela con noticias
de otros que han convalecido.

Para lograr tu fortuna
hay dos trillados caminos:
si por la guerra, la espada,
y si por la paz, los libros.

Y si a la corte tal vez
te llevare tu destino,
cauto navega su golfo,
todo lleno de peligros.

Lleva por sonda, prudencia;
por norte, aquestos avisos;
por observación, el sol,
la razón y buen juicio.

No seas crédulo en ofertas
que te hagan los ministros;
que el mentir con esperanza
es un cortesano estilo.

Toma, cuerdo, desengaños
en los casos sucedidos;
que en la corte no se dan
y te cansas de pedirlos.

No por medios indecentes
aspires a ser provisto;
porque aunque digno, vendrás
de este modo a ser indigno.

De los reyes y señores
no remoto, ni vecino,
toma luz y teme fuego,
huye incendio y busca abrigo

.

Frecuenta los sacramentos,
templos y lugares píos;
y los estrados las veces
que no puedas omitirlo.

Mas si acaso quieres ser
en ellos siempre bien visto,
con los señores serás
modesto, cortés, rendido.

En la inconstancia de trajes
deberás ser contenido,
ni el primero en imitarlos,
ni el último en recibirlos.

El asistir a los teatros
es punto controvertido;
mas cuando sea indiferente,
lo más seguro es huirlos.

El más honesto, el más casto,
encontró en ellos peligros;
¿qué hallarán hombres voraces en
donde se abrasan los tibios?

Si tal vez al matrimonio
te inclinare tu destino,
busca en tu esposa ante todo
la virtud y el buen juicio.

Es la mujer bien y mal
solicitado y temido;
la mala, el mayor trabajo;
la buena, el mejor alivio.

Para conservar la paz,
toma, prudente, el arbitrio
de sufrir a tu mujer
lo que no fuere delito.

No la posesión te canse,
sé con ella siempre fino,
que esta obligación te impone
el título de marido.

Imperiosa y dulcemente
debes criar a tus hijos,
y serás un padre cruel
si no corriges sus vicios.

Repréndelos de manera
que logres el reducirlos,
y consiguiendo enmendarlos
te queden agradecidos.

No despidas los criados
por cualquier leve motivo,
que es mejor que buscar otros,
tolerar los conocidos.

Trataráslos bien, si quieres
que te sirvan siempre finos,
pues aun las fieras más bravas
se amansan con el cariño.

Paga pronto a gente baja,
porque un acreedor indigno,
cobra en tu fama primero,
y después en tu bolsillo.

Siempre darás a Dios gracias,
que de la nada te hizo,
dándote un alma capaz
del eterno Paraíso.

Jamás has de serle ingrato,
y sí muy reconocido;
que si en Dios cupiera pena,
la tuviera de tu olvido.

Resumen

Sé virtüoso, prudente
liberal, caritativo;
no avaro, ni vengativo,
ni airado, ni negligente,
Antes bien casto, paciente,
modesto, muy advertido,
siempre a Dios agradecido,
y tal que puedan decir
que debieras no morir,
como otros, no haber nacido.

José Joaquín de Olmedo y Maruri
guayaquileño; 1780-1847