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¡Se hunde el rayo en el clarín sonoro!

¡Se hunde el rayo en el clarín sonoro!
¡Se extiende el paso [dexxando] gloria!
¡Y se alzan las columnas de la Historia
clamando, Guayaquil, por tu deceso!

Minerva irrumpe cual sutil meteoro
y Marte va cantando con euforia,
sin otro acero para tal victoria
que el filo azul de tu estandarte de oro.

Se empina el alma y el desdén se humilla.
Ya todos los blasones de Castilla
se inclinan ante el sol de tu realeza.

Y eternamente asciende como un Credo,
la pluma aventurosa de tu Olmedo
prendida al vuelo azul de tu grandeza.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Los rostros del amor

Siempre el amor fue manantial de vida.
Fragante viento por la azul mañana.
Maletero de viaje en la ventana.
Relámpago en la noche estremecida.

Y volcán para el pecho donde anida.
Néctar de Sol para la flor temprana.
Árbol con alas. Golondrina hermana.
lluvia de paz para lavar la herida.

Ah, quién pudiera conservar la llama
purísima del sueño cuando se ama
y no como agoniza sobre un leño.

Porque alentamos la explosión del fuego
y en el ocaso del orgasmo ciego,
se vuelve hastío lo que fuera un sueño.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Baratillo de palabras inútiles

Inútil el saludo de «buen día».
Inútil el decir «feliz cumpleaños».
El uno por rutina es desengaño
y el otro por vejez es ironía.

Decir «estoy seguro» es fantasía.
Decir «amor eterno» es un engaño.
«Mi más sentido pésame» es un daño.
Decir «estás muy bien», hipocresía.

Si buscas un trabajo con reclamo,
te mienten si te dicen «yo lo llamo»,
pues nada servirá tu maestría.

Tan sólo son palabras muchas cosas.
A veces son inútiles las rosas
y, qué pena, también la poesía.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Diario íntimo

Sobre la inercia de la ausente vida
este miércoles tres, pasa de largo.
Nada deja de nuevo y, sin embargo,
ya comienza a doler su despedida.

Amaneció sobre la faz dormida
de la ventana y removió el letargo.
Luego avanzó con su arrebol amargo
y alternó la dulzura con la herida.

Día presente que te agotas tanto
–Fugaz versión de senectud y canto–
Cómo duele tan hondo tu partida.

Tal vez un Sol me cubrirá mañana,
pero tú no estarás en la ventana
recobrando un espacio de mi vida.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

A veces vuelves y el cristal sombrío
del alma ya no copia ese momento.
A veces vuelves, pero el sentimiento
duerme en el fondo del profundo hastío.

A veces vuelves como algún navío
que regresó por voluntad del viento.
Como el ave del sur que sin aliento
regresa a casa cuando siente frío.

Pero el invierno sepultó las llamas
y ya no quedan nidos en las ramas
de aquellos árboles que están desiertos.

Jamás se junta el agua que ha corrido
Y cuando vuelve un ser que se ha querido,
el alma es una tumba con dos muertos.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Tal vez mañana

Tal vez mañana soñaré despierto
en una esquina del edén perdido
con la frágil cabaña como nido
y el pequeño collado como huerto.

Tal vez mañana me verán cubierto
por esta tierra que me habrá vencido
con el puñal del incesante ruido
y la canícula feroz del puerto.

Amo el pálido Sol que se desgrana
con la fresca ventisca en la mañana
como un beso de paz sobre la vida.

Muy lejos de tumultos y oropeles,
donde un árbol me preste sus pinceles
y un poema, su luz estremecida.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Suposiciones

Suponer que la antorcha matutina
sólo es la piel con que la sombra muda.
Suponer que la rosa se desnuda
para ocultar su desafiante espina.

Suponer que al amor y la rutina
para fundirse no les falta ayuda.
Suponer que el fantasma de la duda,
tras el misterio de la muerte, atina.

Suponer que la vida que nos tiene,
ya ninguna respuesta la sostiene
porque sólo de sombras se alimenta.

Y si sólo el morir no se supone,
ya no un porta que Dios nos abandone
ni importa ya queja esperanza mienta.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Autorretrato

Yo, el impuro, el audaz, el descreído
guardián de vanas cosas y de nada,
sigo engrosando la fugaz manada
por esa imposición de haber nacido.

El que quiso seguir incomprendido
por no haber solución en la mirada.
El que esconde en su absurda carcajada
frustración de pureza y de latido.

Nadie mejor para escarbar la sombra
sin dejarse engañar cuando se nombra
el misterio que a todos alucina.

El que disfruta de su magra suerte,
el que avanza seguro con su muerte
a la ausencia total que se avecina.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Teoría del camino

Ver al recuerdo descorrer su manto
en la mirada que navega ausente.
Saber que el fuego se apagó en la mente
y comprender que hemos vívido tanto.

Saber que se olvidaron en un canto
las ilusiones con su voz ardiente
y que la senda que marcó el presente,
es igual retroceso que adelanto.

Saber que el tiempo todo lo despoja
y en soledad el Cosmos nos arroja
en el azar de un torbellino oscuro.

Saber que la batalla no descansa
y que nada nos dice la esperanza
cuando se siente que ya no hay futuro.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Balance de los días

Los días cuando viven del pasado
es que no encuentran la mejor salida.
Los míos ya iniciaron la partida
y me siguen cantando en el costado.

Fueron puntuales con el ser amado
y con aquellos que me dieron vida,
con las venas de sangre compartida
y con las piedras del camino andado.

Ya renuncian a todas las pasiones
y en su tránsito gris, las ilusiones
van muriendo de sed, una tras una.

Y mientras tanto el corazón avanza
bebiendo lo que queda de esperanza
en un erial que quiso ser laguna.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Celda sin muerte

No se muere una vez. Nos atropella
la muerte con porfiado desatino.
Aquella viene y va por el camino,
pero nos marca su profunda huella.

Yo la he visto llegar como centella,
cabalgando el amor, la sed, el vino.
Ella quiebra mi voz y mi destino
y me involucra en su tenaz querella.

Habita en la nostalgia de la casa
por los muertos amados. Y en la brasa
del estridente puerto que lacera.

La muerte me descubre si me escondo,
me tumba, me levanta y le respondo
con el cansancio del que nada espera.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Cuestionario de la vida sencilla

Un espacio pequeño donde pueda
cobijar esta paz que me rescata.
Estas viejas sandalias y una mata
de verdor para el aire que me queda.

Y una hamaca colgando en la arboleda
donde el suelto que arrimo se desata.
Esas dos esmeraldas de la gata
y mi perra lamiéndose su seda.

El árbol tierno de los días grises
esparciendo en el aire sus ratees
y un silencio bebiendo melodía.

Un amor que se vuelve golondrina
y en la ventana siempre una colina
que con su tierra me amará algún día.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Año nuevo

Un año que se va y otro que viene.
La vida es la costumbre que se vierte
sin nada ya de nuevo qué ofrecerte
en el Ir y venir que la retiene.

Y aunque la dicha o el dolor mantiene
entre las veleidades de la suerte,
más puede el apetito de la muerte
que el espacio vital que la entretiene.

Pero siempre aparece una ventana
mostrando en otro rostro la cercana
presencia de una llaga desmedida.

Y entonces devolvemos la mirada
hacia el camino sin pedirle nada
porque estamos en deuda con la vida.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Antipoema

Cruzo la raya del formato y digo
que la rosa no es flor sino embustera.
Doy buenos días para dar tontera
y a veces por la culpa me maldigo.

Por ser irreverente desabrigo
mi testa que parece posadera.
y como el cielo se cayó en la acera,
en vez de un ángel pasará un mendigo.

Me río si me tilda de poeta
y si descubren mi afición discreta,
me someto al cinismo sin perdones.

Y por las ganas de joder, derribo
mi corazón y con los pies escribo
un poema de quesos y jamones.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Tributo del olvido

Tal vez dirán mañana que un poeta
de lento paso y de perfil austero,
murió sin conocer que era extranjero
en la centuria de la luz inquieta.

Tal vez sabrán mañana de un esteta
que con la música pintó un lucero,
que del amor equivocó el sendero
y de su siglo despreció la meta.

Dirán que estuvo mágico su verso
y que el nuevo reloj del Universo
no andaba con el tiempo de su canto.

Tal vez su voz olvidarán un día…
Y siempre tendrá tiempo la armonía
y siempre habrá más tiempo para el llanto.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Espacios sin retorno

Los días van dejándonos ocasos
de sueños que marcaron el camino,
de esquinas que torcieron el destino,
de orillas que salvaron los fracasos.

Los días van dejándonos retazos
de júbilo, de amor y desatino.
Son tragos que apuramos como el vino.
Los días no recobran nuestros pasos.

Son espacios borrados de la vida
con seres que enterramos en la herida.
Son líneas en la frente y la mirada.

Nos cubren con escarcha la esperanza
y cuando la fatiga nos alcanza,
ya no nos dejan ni nos quitan nada.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

De qué cielo

De qué cielo nos hablan, si la suma
de todo lo que somos se nos queda:
La ventana, la puerta, la vereda,
el refugio del árbol que perfuma…

De qué cielo nos hablan, si la espuma
del mar quiera besarnos y no pueda,
ni podamos tampoco que la seda
de unos labios ardientes nos consuma

Y si somos la suma de otras cosas
que van desde las zarzas a las rosas
y desde el sacrificio a la quimera,

qué seremos, si todo lo vivido
quedará por decreto del olvido
sin nosotros, allá cuando se muera.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Metáforas del viento

Relámpago, arco iris del misterio
que rompe los timbales de la noche.
La Luna se diría que es un broche
que puso al Universo en cautiverio.

Arbusto es surtidor de monasterio
fluyendo en tierra virgen sin derroche.
La vida solamente es un reproche
que aguarda con paciencia el cementerio.

Gorrión, violín del árbol cada día.
Navío es alcatraz en pesquería.
Nostalgia es golondrina en la ventana.

Y yo, lo mismo da trino o graznido,
ángel, demonio, soledad o nido,
si al fin y al cabo he de morir mañana.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

Mar

Bestia divina. Mi perfil herido
que a zarpazo en tu orilla se desata,
con su lengua salobre te rescata
de cadenas de espuma y de bramido.

Suelto mis barcos de papel y mido
tus exactos dominios de pirata,
a ver si el corazón se me dilata
o en tu testa lo dejas embestido.

Ah, dame tu demencia de lirismo,
oculta con tu voz en el abismo
rosado y musical de un caracol.

Y en tus horas de lánguidos cristales,
apágame en tu lecho de corales
y enciéndeme en la puesta de tu Sol.

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019

¡Qué lejos del amor!

Qué lejos del amor estoy, qué ausente
de su fontana azul y de su nido.
Sólo queda este tiempo ya perdido
sin oír su canción adolescente.

Qué lejos de la tibia luz. Al frente
el paisaje se tiende sin sentido
y el alma navegando en el olvido
va buscando su ruta inútilmente.

Qué lejos del amor y su campana
asumiendo el perfil de la mañana
cuando estaban mis ojos como espejos.

Ah, si sólo la paz me devolviera…
Pero es tarde para otra primavera.
¡Qué lejos del amor estoy, qué lejos!

Gonzalo Espinel Cedeño
guayaquileño; 1937-2019