En el silencio de la madrugada,
hablando del insomnio con mi almohada,
cuando afuera tejía su gemido
el viento entre los árboles, ¡he oído
cómo en mis sienes, como campanada,
retumbaba el sonido de la Nada!
Su eco, el corazón, en un latido
que recorrió mi ser desmadejado
como oleada que anuncia un cataclismo,
lo repitió en silencio renovado.
Un instante, la Nada fui yo mismo.
Triste talvez, quizá regocijado,
Triste talvez, quizá regocijado,
conseguí regresar desde el Abismo.
Francisco Pérez Febres-Cordero
guayaquileño; 1934 - 2010