XXII

Los duros golpes de tu indiferencia
hirieron sin cesar mi corazón;
y en vez de derrumbarse destrozado
se agigantaba más en él mi amor.

Te quise como a nadie; y cuando el tiempo
me hizo lo vano ver de aquel amor,
siguió su llama sin cesar brillando
y, pese a todo, con igual fulgor.

Yo sé que es imposible que seas mía,
y también imposible es intentar
el eco de tu voz, y tu sonrisa,
y el fulgor de tus ojos olvidar.

Cerca, jamás dejaba de mirarte;
lejos, aún dentro de mi mente estás.
Y allí, siempre admirada y siempre amada,
hasta el fin de mis días estarás.


Francisco Pérez Febres-Cordero
guayaquileño; 1934 - 2010