En el segundo centenario de don Pedro Calderón de la Barca

I

Desde las playas de la mar de Atlante
tendido, hasta el confín remoto hesperio,
y el Ártico y Antártico Hemisferio
abarcando con brazos de gigante;

Bajo sus pies el rayo fulminante
en las garras del ave del Imperio;–
así el Mundo} doblado al yugo iberio,
miró de España al Júpiter Tonante.

Y, entre el asombro del Linaje Humano
brotó en seguida, –tras congoja acerba,
tras dolorosa agitación confusa,–

del gran cerebro del Coloso Hispano,
armada y refulgente, cual Minerva,
¡oh Calderón! tu prodigiosa Musa.

II

Sobre la frente el astro de la Idea,
y en ambos hombros poderosas alas,
tal se mostraba, entre esplendentes galas,
del mundo ante la atónita Asamblea;

Risueña como en triunfo Galatea,
o como Dione en las empíreas salas;
o bien, lanzando, cual ceñuda Palas,
el grito de furor y de pelea…–

Y levantando hasta el cenit su vuelo,
–De la Eterna Creación Sacerdotisa,–
alzó su acento, que escuchaba el suelo

Por casi un siglo, en actitud sumisa,–
desde su himno infantil, Carro del Cielo,
hasta el canto del cisne, Hado y Divisa,

III

¡Oh Calderón! tu portentoso Drama
es de la Humanidad copia y modelo;
en su penoso tránsito hacia el Cielo,
maná divino y precursora llama;

grandiosa urdimbre, palpitante trama
de nuestras fibras de placer y duelo;
de las escenas múltiples del suelo
brillante y misterioso Panorama;

es del Género Humano la enseñanza
de la incierta virtud firme baluarte;
del oprimido póstuma venganza;

de los cristianos Pueblos Estandarte;
calvario que ilumina la Esperanza;
cumbre de la pirámide del Arte!

IV

Como, sin agotarse, un vasto rio,
Su corriente divide en dos mitades,–
En el Delta inicial de las Edades,
Vertió dos mundos el Eterno Trío:

De su fecunda voz al poderío,
El mundo fue de abstractas entidades,
y el mundo corporal las soledades
Pobló, también, del lóbrego vacío:–

Encarnando en las formas las ideas,
Fundiendo en uno entrambos Universos,
Tú, como un Dios, otro Universo Creas…

¡Y desde ignota cumbre, a los mortales
Tu genio, en ondas de irisados versos
los Autos arrojó Sacramentales!

V

Del Ecuador en los azules mares,
antes que el sol las cúspides trasmonte,
contempla el nauta gigantesco monte
vestido el pie de bosques seculares;

entre lianas, y flores y palmares,
canta allí el guacamayo y el sinsonte;
mas su cumbre, rasgando el horizonte,
¡sube hasta los eternos luminares!

¡Así tu obra titánica; en tus dramas,
como entre selvas de frondosas ramas,
la pasión canta en melodiosa rima;

mas, alzándose audaz hacia los cielos,
del símbolo sagrado entre los velos,
se pierde en Dios su inmaculada cima

VI

Yo vi, también, undosa catarata
que desde cumbre de eminencia suma
precipitaba, entre fragor y espuma,
sus lienzos de cristal, de luz y plata;

y mientras que el peñón do se desata
coronan hielo y misteriosa bruma,
el trópico, en el fondo, la perfuma
con floreciente primavera grata…

Tequendama de fúlgida armonía,
así tu majestuosa poesía
desciende desde místicas regiones;

y, al caer de la tierra en la llanura,
de flores bordan su corriente pura
la esperanza, el amor, las ilusiones…

VII

¡Del universo alado peregrino
águila audaz, tu portentoso vuelo
abraza la extensión de tierra y cielo,
y salva los linderos del destino!

Como la mente angélica de Aquino,
arrebatada de infinito anhelo,
mas allá te hundes, del azul del cielo,
en la esencia del Ser Único y Trino…

¡Mas, bajando, después, del firmamento,
con sosegados giros circulares
en tu vuelo recorres, vagabundo,

los dilatados ámbitos del viento,
la ancha faz de la tierra y de los mares,
los tenebrosos senos del profundo!…

VIII

Entre la oscuridad que el Cielo abarca
y de la mar las soledades hondas,
la Fe por norte, por timón y sondas,
boga a lo lejos, misteriosa Barca

¿A dónde vas, oh nave?… ¿Eres el Arca
que salva el Porvenir entre las ondas?
¿Será tal vez que en tu recinto escondas
del futuro Linaje al gran Patriarca…

¿Eres la nave de un Colón profundo
que, sin miedo a los notos ni a la calma,
en busca va de un ignorado Mundo?…

¡Tu nave es, Calderón! doble es tu palma,
¡oh Noé del espíritu, segundo!
¡Oh Colón de la América del alma!

IX

¡Buzo inmortal del corazón humano!
Cuando en su oscuro fondo hundes la frente,
a tu mirada muéstrase patente
de su anchuroso abismo todo arcano;

al remontar el piélago, tu mano
la perla lleva de risueño oriente,
mas divisaste en la onda transparente
los horrendos colosos del océano…

De tu Justina y Príncipe Constante
la virtud brilla con mal en guerra,
cual bajo el hierro el fúlgido diamante;

y, víctimas del monstruo de los celos,
mira en tus dramas, a la vez, la tierra,
grandes como el de Shékpir, cinco Otelos!

X

De tu espíritu múltiple y fecundo
–lumbre creatriz, intelectual Proteo–,
brotar la estirpe, más grandiosa, veo
de cuantos genios ha admirado el mundo:

Cipriano, como un Fausto más profundo,
vence a la Duda en choque giganteo;
a Hamlet y Caín y Prometeo
en sí resume el fiero Segismundo;

Tu audaz Eusebio, en su siniestro tipo,
los rasgos muestra de un consciente Edipo
y de un don Juan y Carlos Moor gigantes.

Y fueras tú el mayor de los pintores,
si, emulando tus gráficos colores,
no se elevara junto a ti… ¡Cervantes!

XI

Cual del Libano cedro soberano,
te alzas entre los vientos furibundos
en tu seno, escuchándose profundos,
los ecos todos del Linaje Humano;

Tu tronco secular, siempre lozano,
la pompa de sus vástagos fezundos
gigante extiende sobre entrambos Mundos
al través del vastísimo Océano;

Lazo de unión eterno, tu ramaje
la Tierra cubre con murmullo manso,
llevando al Cielo la sagrada copa…

Y allí, en su largo, fatigoso viaje,
Sombra encuentran y sueños y descanso
Las razas de la América y la Europa!

XII

(A España)

¡Un tiempo fue –por el que en llanto bañas
vanamente tus templos seculares–,
en que tus altas glorias militares
inundaron del orbe las campañas;

españolas del mundo las hazañas,
las playas todas, españoles lares,–
al circundar las tierras y los mares,
¡no halló el Sol el confín de las Españas!…

Mas si los lauros te arrancó de Marte
la Fortuna envidiosa de tu gloria,
no puede los de Genio arrebatarte;

¡que no se pone el sol de su memoria
en los cielos sin límites del Arte,
ni en los mares inmensos de la Historia!

Numa Pompilio Llona

NB: He visto en varias publicaciones estos dos sonetos, también atribuidos a Llona, y otras numeraciones. Los incluyo asumiendo que el poeta en algún momento trucó unos por otros, mas sin saber cual versión es primera o cual final. La presentada arriba la encontré en la Revista Moderna, publicada en 1900, en México.

VII

Desde las playas de la mar de Atlante
tendido, hasta el confín remoto hesperio,
y el Ártico y Antártico Hemisferio
abarcando con brazos de gigante;

bajo sus pies el rayo fulminante
en las garras del ave del Imperio;
así el mundo, doblado al yugo ibero,
miró de España al Júpiter Tonante.

Y, entre el asombro del linaje humano,
brotó en seguida, tras congoja acerba,
tras dolorosa agitación confusa,

del gran cerebro del coloso hispano,
armada y refulgente cual Minerva,
¡oh Calderón, tu prodigiosa Musa!

VIII

Sobre la frente el astro de la idea,
y en ambos hombros poderosas alas,
tal se mostraba, entre esplendentes galas,
del mundo ante la atónita asamblea;

risueña como en triunfo Galatea,
o como Dione en las empíreas salas;
o bien lanzando, cual ceñuda Palas,
el grito de furor y de pelea…

Y levantando hasta el cenit su vuelo,
de la eterna creación sacerdotisa,
alzó su acento, que escuchaba el suelo.

¡Por casi un siglo, en actitud sumisa,
desde su himno infantil, Carro del cielo,
hasta el canto del cisne, Hado y divisa!

Numa Pompilio Llona
guayaquileño; 1832-1907

Valenzuela, Jesús E. «En el centenario de don Pedro Calderón de la Barca». Revista Moderna, n.o 11 (junio de 1900): 173-76.