Abuelo

Dios te prestó a nosotros
porque de ti aprendiéramos
a ser rectos, constantes, generosos,
mesurados y buenos.
Predicaste virtudes
como debe hacerse: con tu ejemplo.
Fuiste amor incesante
en tu voz, en tus gestos;
en tu mirada clara y aguerrida;
en tu florido verbo;
en esos cuentos que cuando era niño
sembraron un jardín en mi cerebro.

Treinta y tres años conocí del lujo
sin par de ser tu nieto.
Y te fuiste de vuelta:
hoy que esta tan convulso el universo
y que ángeles y santos
trabajan sobretiempo,
Dios tuvo que llamarte:
no había más remedio.

Y aunque nos has dejado solitarios
en este mar violento;
y aunque aquí nos quedamos tan, tan tristes,
en tercera edición de un mismo duelo,
tengo que agradecerte porque fuiste
amable y tan bueno;
y porque ante tu ausencia prematura
de aquél tu equivalente en lo paterno,
me hiciste valorar todo el alcance
de esa palabra santa y dulce: ¡abuelo!

8 de enero de 1963

Francisco Pérez Febres-Cordero
guayaquileño; 1934 - 2010