XXXII

Te di mi corazón completamente
y me hice la promesa de quererte,
quererte más y más hasta el momento
que llegara mi muerte.

Vivía sin pensar en otra cosa
que de volver a verte en el instante;
tu ausencia era mi angustia; contemplarte
mi deseo constante.

¡Con qué orgullo contaba a mis amigos
del cario que entonces nos unía!
¡Y cuánto era el placer que me llenaba
al pensar que eras mía!

¡Cuántas veces temblaron al tocarte
mis manos, pues me eras tan sagrada...!
Y al besarte... ¡vida, salud, fortuna,
importábanme nada!

Y sin embargo no habrá en esta vida
quien me haga mayor daño.
Esperé comprensión, paz y cariño,
¡y encontré sólo engaño!

Francisco Pérez Febres-Cordero
guayaquileño; 1934 - 2010