Un golpe di con temblorosa mano
sobre la tumba venerada y triste
y nadie respondió… Llamela en vano,
¡porque la madre de mi amor no existe!
Volví a llamar y del imperio frío
se alzó una voz que díjome: «¡Sí existe!
Las madres nunca mueren… Hijo mío,
desde la sombra te vigilo triste!»
¡Las madres nunca mueren!
Si dejan la envoltura terrenal,
suben a Dios en espiral de nubes…
¡la madre es inmortal!
Gabriel Villagómez Viteri
guayaquileño