Al señor Doctor P. P. Carbo
En el umbral de una suntuosa casa
un pobre anciano tembloroso está,
absorto contemplando la moneda
que el rico avaro con desdén le da.
Soberbio el potentado se encamina,
con mirada insolente y paso audaz,
a la morada donde altivo sube
sus bastardas pasiones a saciar.
Y ni siquiera piensa el insensato
que ese pobre que implora su piedad
tiene afecciones que su pecho agitan
¡y hambrientos hijos que le piden pan!
Cual arbusto nacido en tierra estéril
no puede ni crecer ni prosperar,
del pobre así los haraposos hijos
descarnados y exánimes están.
Vuelve el mendigo a la insegura choza
donde le aguardan con doliente afán
esos endebles, diminutos seres,
objetos de su amor y su piedad.
Al umbral llega… y a sus hijos mira…
y siente sus entrañas palpitar,
¡y con despecho la moneda arroja
que el avaro le dió por caridad!
Ávidos ellos del metal preciado,
a recogerlo presurosos van;
y en tanto aguarda el infeliz mendigo
una caricia del amor filial.
Mas, ¡ay! es vano que anhelante espere
que vengan su dolor á mitigar;
¡que en esas almas que nacieron puras
el instinto del bien muriendo está!
El pobre anciano en su aflicción suprema
al suelo inclina la angustiada faz,
y con acento desgarrante exclama:
«¿Quién , de mis hijos compasión tendrá?…
»Mis ateridos miembros desfallecen…
Ya no puedo, ¡mi Dios!… ¡no puedo más!…».
El himno cesa del sagrado coro,
la plegaria del pobre al escuchar:
Despliega el ángel del amor sus alas,
hiende las nubes con su vuelo audaz,
¡y en nombre del Espíritu Divino
viene el llanto del pobre á consolar!
Entonces inspirado canta el justo:
«¡Gloria al que gime demandando el pan!
sea maldito en el cielo y en la tierra
el que ultraja del pobre la orfandad!».
Y se oye en los espacios melodiosa
La voz de ángel que diciendo va:
«Los que sois poderosos en el mundo,
los lamentos del pobre al escuchar,
no olvidéis que el que gima a vuestras puertas
es vuestro hermano que os implora el pan!».
Dolores Sucre
guayaquileña; 1837-1919