Soleares a la tempestad

Tal como lo encontré escrito en una curiosa tipografía

Yo no sabía si el hache de pe era ya loco o si el viento lo dejó así. Luego, mucho después, caí en cuenta de que a lo mejor tampoco había sido ciego antes del vendaval, pero en ese momento no lo había pensado. Sólo sé que en ese momento, cuando lo recogimos, el viejo, con el pecho jodido, dijo esto:

«¡Ay, el fulgor de los aires!
¡Ay, el fulgor del hastío!
¡Ay, por qué el aire trae
la tempestad del destino?

»Un Rey que en su corona
sólo reina confusión,
de su tormento desploma,
repta, y luego, emerge
una borrasca infernal,
la que nunca se suspende;
un bufón sabio lo busca
do en el cielo sombrío
todas las almas ululan.

»Eran cuatro que eran dos:
un bufón, un sabio, un rey,
y un loco: sólo una voz.
Mas la tormenta trajo
de un averno remoto
visitas de otro caos.

»De una rajada tela
raída veintitrés veces
un ave blanca vuela;
tempestad de tempestades,
el Rey de emperadores
se embarca en su cauce.
Otra alma, Rey también,
de oído inundado,
sufre el aire que tal vez
le habría sofocado
en voz intempestiva
soplo danés de antaño.
Hubo también quien volando
andaba lavándose las
manos, creo yo en vano,
luchando contracorriente
en ese rojizo viento
teñido de sal o muerte.

»Vi una paloma negra,
vi una de curioso pico,
 era tacaña cigüeña
hija del viento marchito,
que causaba tanto ruido
como mil quinientos gritos.

»Las cosas se disolvían
con el cantante soplido
desgranándose en harina;
éramos tres las almas
vagando en el tormento,
bajo esas otras almas.

»Vi dos que juntas volaban,
ninguna era Francisca;
mi aliento se escapaba,
ni amor ni empatía
el cuerpo me calentaba:
sé que sentí que moría
cuando vi dos almas juntas,
las que muertas juntas yacen,
supuse que eran puras,
y caí cual muerto cae».

—¡Cállese, viejo hijueputa, no me venga con pendejadas, ¿qué va a haber visto nada? —le dije, o algo así le dije, no sé ya. Ciego y loco. El punto es que ahí mismo se desfalleció. Cayó como caen los hombres, en el suelo.

Por no hacerle un feo, lo fuimos a llevar al cementerio de la quinta de Vueltalarga. Ahí lo enterramos en una caja propiedad de doña Marita. Como nunca le supimos el nombre, no le marcaron nada. Nadie ha venido a preguntar por él.

14 de enero de 2016

Jorge Luis Pérez
guayaquileño; 1987 -