Sé que afirmas a todos con vehemencia
por mí tu indiferencia.
Mas, ¿por qué la vehemencia, y los sonrojos
cuando miro tus ojos?
¿Por qué tus labios rojos palidecen,
tus manos se estremecen
y tus dedos parecen nudos miles
entretejer febriles?
A tus amigas diles que me evitas;
que al verme no te excitas;
pero mientras permitas, de intento,
que no aquel momento
que un grupo o aposento sin sosiego
dejas cuando yo llego;
mientras preguntes luego si he hablado
de ti; si he preguntado
por qué te has retirado tan de prisa;
mientras trate tu risa
precipitada, incisa, de que gire
hacia dó estás, te mire
y --¿por qué no?-- te admire un largo instante...
y luego, vacilante,
quieras menospreciante aparecer...
Mientras tu proceder
no me haga convencer de lo contrario,
sabré que aún tengo un puesto extraordinario
ahí de tu corazón en el santuario.
Francisco Pérez Febres-Cordero
guayaquileño; 1934 - 2010