A Esmeralda

Te sorprendes al ver las blancas hebras
que en mi cabeza brillan como plata;
el fuego del volcán es siempre rojo
y las cenizas de color de escarcha.

Con los años se van las ilusiones,
se deshojan ensueños y esperanzas,
la fe se agosta, el corazón se queja
y del yermo sin luz brotan las canas.

El nimbo de oro que tu frente luce
fulgura de la vida en la mañana,
cuando hay fragantes flores en capullo,
luciérnagas de rosa y esmeralda.

Después; vuelan insectos; ruedan hojas,
a las risas suceden tristes lágrimas;
moribunda la llama apenas arde,
la cima del volcán cubre la escarcha.

El frío arrecia, las temblantes sombras
invaden nuestro ser, nublan el alma:
a medida que avanzo, todo muere,
por eso tengo la cabeza blanca.

Mercedes González de Moscoso
guayaquileña; 1860-1911