Pobre niño que cruzas, desnutrido y descalzo
las calles de mi puerto,
déjame la tristeza casi inconsciente y leve
de tus manos.
Yo traigo un ala azul para tu vuelo.
Un mensaje de amor para tus ansias.
Una voz sin pasión para tu sueño.
Y una nueva esperanza para tu alma.
Déjame tu tristeza
diluida en el mar de mi tristeza
y en la verde dulzura de mi canto.
Porque la vida quiso que tu miseria pura
fuera una rosa blanca entre mis lágrimas.
Ileana Espinel Cedeño
guayaquileña; 1931-2001