Páramo

Al fin habrá un instante en que olvidando todo,
me arrojaré a la Muerte como un seguro puerto;
quiero dejar el mísero traje de humano lodo,
el dolor que me acosa con inhumano acierto

y se clava en mi entraña con el inicuo modo
que el buitre a Prometeo; rompiendo el flanco yerto.
¿Dónde hallar esa paz, ese eternal recodo
en que se aquiete el alma? ¿Dónde hallarse el desierto

sin aguas, sin estrellas, sin soles, sin ninguna
voz viviente? Me dañan los rayos de la luna
y hasta el viento al tocarme me hace dar un quejido.

Como Job, ya no quiero más que un día sin llanto.
¡Muerte, toma la carga de mi inmenso quebranto
y aduérmeme en tus brazos como un beso sin ruido!

María Piedad Castillo de Leví
guayaquileña; 1888-1962